lunes, 23 de abril de 2012

Crítica a Rojo o el color del arte

El grupo teatral La Plaza acaba de dar por finalizada la temporada de la obra Rojo de John Logan, dirigido por Juan Carlos Fisher.  El texto retrata el drama artístico de Mark Rothko (pintor vinculado al expresionismo alemán), quien verá en crisis su concepción de la obra artística, tras aceptar pintar unos cuadros para el elegantísimo restaurante Four Seasons en Nueva York. En esta ardua labor, Rothko (Alberto Ísola) cuenta con la ayuda de un asistente: Ken (Rómulo Assereto). El encuentro entre estos únicos personajes está marcado por la dualidad maesto / alumno, aunque solo el aprendiz asume realmente su posición; así, a lo largo de la obra, los diálogos entre los personajes nos irán contando aspectos cruciales de sus vidas, las cuales están marcadas por la omnipresencia del arte.


La interpretación de Ísola nos transmite a cabalidad la figura conflictiva del artista, con sus innumerables cuestionamientos a su entorno, a su generación, y a sí mismo. La vida de Rothko está marcada por la sensibilidad plena ante su arte; esta actitud es la que indirectamente busca transmitirle a Ken, personaje que encarna al artista en formación, dispuesto a asimilar todo lo que pueda aprender de una figura tan eminente como Rothko. No obstante, Ken mantiene su propia visión sobre el arte, construida a partir de pintores representativos, no necesariamente similares a Rothko; por ello, la relación entre ambos se sostiene entre el conflicto y la compenetración, sin nunca anular sus diferencias. En los momentos más tensos, nos sorprende la autoridad de Rothko, ante la timidez de Ken, que evidencia hasta cierto punto la falta de convicción de Assereto en su papel. Al margen de la simbología del personaje, la actuación del joven actor se muestra previsible en ciertos momentos, a través de su gestualidad y el desplazamiento de su cuerpo en escena; pero esta falencia también tiene un lado positivo porque nos transmite la vitalidad y la energía desbordante del aprendiz Ken.

No sorprende la buena producción de La Plaza, ya que el escenario nos muestra un espacio convincente al trasladarnos al enigmático taller de Rothko. A su vez, las luces son aliadas del espacio porque ayudan a resaltar aspectos de los cuadros, especialmente del sentido polisémico del “rojo”; la música escogida por el pintor confirma su visión del mundo y del arte, a diferencia de los gustos más modernos de Ken. Sin embargo, el rojo es lo que los une, es esa materialidad que se transmite a través de los ojos, y que para ambos supone una reflexión sobre sus vidas y sobre el sentido de un arte que se vive, se experimenta en cada percepción. Ya no hay distancias entre objeto y sujeto, ambos se han vuelto uno solo.

Expectar Rojo es una experiencia enriquecedora porque a través de Rothko y Ken vemos la etapa de transición del concepto de arte no solo para la elite artística, sino también para la sociedad receptora. El drama del pintor a través de sus dilucidaciones intelectuales envuelve al público, busca una reacción en él. Estamos invitados a simplemente “sentir”, sea por medio de Rothko, o a través de la misma obra teatral que actualiza en cada puesta en escena el cuestionado valor del arte; solo así se demuestra la fidelidad al hecho artístico.



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