César
de María es uno de los principales representantes de la dramaturgia peruana
actual y diversas obras suyas han sido puestas en escena. Actualmente está en
temporada Laberinto de Monstruos,
dirigida por Roberto Ángeles. La obra nos muestra a cuatro individuos: Leo
(Fernando Luque), Danny (Juan José Espinoza), Fernando (Nicolás Valdés) y Memo (Carlos Casella Casella), que recuerdan sus épocas adolescentes (trece
años antes), donde todos querían conseguir algo importante en la vida; en esos
años no solo los cuatro eran amigos, también estaba Jenny (Jely Reátegui),
joven muy querida por los muchachos, que causaba atracción en algunos de ellos.
Durante esa época (1975), específicamente en las vacaciones de Fiestas Patrias,
los cuatro amigos se cruzan coincidentemente con el propietario de una feria
itinerante en Breña, El Viejo (Gabriel Iglesias), quien les ofrece trabajar en
una de sus principales atracciones: el tren llamado “El laberinto de monstruos”;
el empleo consiste en disfrazarse de determinados monstruos y asustar a los
visitantes del laberinto. Al empezar a trabajar en la feria, un demente llamado
“El loco James Bond” (Eduardo Ramos) llama la atención de los jóvenes porque
diversos hechos les hacen suponer que guarda mucho dinero en un maletín. A este
interés se suma el hecho de que los adolescentes rápidamente se quedan con muy
poco dinero; por eso, deciden robarle el maletín al loco James, hecho que
desencadena el funesto destino de los protagonistas.
La obra cambia constantemente de tiempos a través de la memoria de los protagonistas. Ellos aparecen en escena relatando lo funesto que resultó el año 1975, pero también rescatando lo positivo de esa época, a partir de su trágico aprendizaje. Es altamente destacable la disposición del cuerpo de los actores, sobre todo de Fernando Luque, para transmitir la atmósfera dramática que posee el recuerdo. La dicción y el tono de la voz muestran la clara oposición de edades en los personajes: el tono fuerte pero ciertamente apesadumbrado del presente de los adultos, en oposición a la alegría, vitalidad e inocencia del mundo adolescente. La musicalización, coreografía, baile y canto se manejan con una gran naturalidad y destreza, por lo cual la obra atrapa al espectador a través de diversos elementos. Todo eso influye en el clima de comedia que se desarrolla durante casi toda la obra; asimismo, los objetos de escenografía son austeros, pero muy bien empleados para establecer espacios en el desarrollo de las acciones; por ello, al no colmar el espacio escénico, se da más libertad al desplazamiento de los actores.
Bromas y chistes coloquiales transmiten el clima de esa época juvenil tan determinante para la sociedad limeña. Sin embargo, los momentos más dramáticos son muy bien desarrollados para enfatizar el destino trágico de los jóvenes, cuyo pesar se convierte en una huella simbólica, pese al éxito o fracaso de cada uno durante sus épocas adultas; lo sucedido durante 1975 trunca sus deseos personales. Esta situación plantea al espectador la incógnita sobre el “laberinto de monstruos”, ya que no se trata de los monstruos representados, sino de la monstruosidad inherente a los seres humanos, incluso en los más jóvenes. La inocencia adolescente solo esconde la presencia de lo siniestro, pues la crisis personal, la inmadurez y la inestabilidad económica revelan lo aberrante que puede ser el hombre; ello desemboca en un laberinto interior, una encrucijada atormentadora que no cesa, y que retumba en el presente. Y como lo demuestra la estructura de la obra, todos están encerrados en el laberinto de su propia conciencia, razón por la cual no hay cabida al olvido.
Si bien el texto destaca por su trama ciertamente interesante, mérito del buen estilo de De María, no hay duda de que la dirección de Roberto Ángeles hace del montaje una obra muy bien lograda, con lo cual incrementa la riqueza del texto; además, el director hace buen uso de los recursos teatrales y demuestra que solo de este modo se puede expresar el sentido original del drama.
La obra cambia constantemente de tiempos a través de la memoria de los protagonistas. Ellos aparecen en escena relatando lo funesto que resultó el año 1975, pero también rescatando lo positivo de esa época, a partir de su trágico aprendizaje. Es altamente destacable la disposición del cuerpo de los actores, sobre todo de Fernando Luque, para transmitir la atmósfera dramática que posee el recuerdo. La dicción y el tono de la voz muestran la clara oposición de edades en los personajes: el tono fuerte pero ciertamente apesadumbrado del presente de los adultos, en oposición a la alegría, vitalidad e inocencia del mundo adolescente. La musicalización, coreografía, baile y canto se manejan con una gran naturalidad y destreza, por lo cual la obra atrapa al espectador a través de diversos elementos. Todo eso influye en el clima de comedia que se desarrolla durante casi toda la obra; asimismo, los objetos de escenografía son austeros, pero muy bien empleados para establecer espacios en el desarrollo de las acciones; por ello, al no colmar el espacio escénico, se da más libertad al desplazamiento de los actores.
Bromas y chistes coloquiales transmiten el clima de esa época juvenil tan determinante para la sociedad limeña. Sin embargo, los momentos más dramáticos son muy bien desarrollados para enfatizar el destino trágico de los jóvenes, cuyo pesar se convierte en una huella simbólica, pese al éxito o fracaso de cada uno durante sus épocas adultas; lo sucedido durante 1975 trunca sus deseos personales. Esta situación plantea al espectador la incógnita sobre el “laberinto de monstruos”, ya que no se trata de los monstruos representados, sino de la monstruosidad inherente a los seres humanos, incluso en los más jóvenes. La inocencia adolescente solo esconde la presencia de lo siniestro, pues la crisis personal, la inmadurez y la inestabilidad económica revelan lo aberrante que puede ser el hombre; ello desemboca en un laberinto interior, una encrucijada atormentadora que no cesa, y que retumba en el presente. Y como lo demuestra la estructura de la obra, todos están encerrados en el laberinto de su propia conciencia, razón por la cual no hay cabida al olvido.
Si bien el texto destaca por su trama ciertamente interesante, mérito del buen estilo de De María, no hay duda de que la dirección de Roberto Ángeles hace del montaje una obra muy bien lograda, con lo cual incrementa la riqueza del texto; además, el director hace buen uso de los recursos teatrales y demuestra que solo de este modo se puede expresar el sentido original del drama.
Cabe resaltar, pese a todo, un aspecto polémico de la
obra: la vinculación con los hechos políticos de 1975. Aun cuando ese año marcó
muchas transformaciones en el país, a través de los momentos de crisis que se
vivieron, creemos que la puesta en escena no responde directamente a la
coyuntura política; por el contrario, las acciones tienen como referente
indiscutible el propio mundo construido a través del drama y los recursos
escénicos. Lo que está en cuestión es la propia evolución o involución de los
personajes a través de una época decisiva de sus vidas, con lo cual parece
afirmarse que los hechos sociales solo son el marco que rodea a la esfera
juvenil, pues esta vive sus propios dramas y desgracias.

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