La
primera cinta de Andréi Tarkovski es un mediometraje que resalta tempranamente
las virtudes del gran cineasta. La corta duración del film nos anuncia la idea de
una historia sin mucha complejidad, pero inquietante por los recursos
utilizados. Sasha es un niño violinista muy interesado en la música, de actitud
un tanto retraída, a diferencia de la mayoría de niños de su entorno; sin
muchas explicaciones, el pequeño músico desarrolla una gran amistad con Sergei,
un obrero de su barrio que trabaja con una apisonadora. De modo progresivo, la
película nos irá narrando la interrelación entre estos personajes tan
disímiles.
La actitud de Sasha es realmente peculiar porque se desliga del modo de ser convencional de los demás niños, hasta el punto de generar cierta rivalidad; en oposición a la relación con ellos, el vínculo con Sergei lo ubica más cercano a un mundo diferente, no solo adulto, que le genera una extraña afección por la apisonadora. Así, pese a su gran interés por la música, Sasha muestra una felicidad desconcertante al manejar la máquina, de manera similar al placer que siente Sergei ante el artefacto. En este sentido, la relación humana que establecen ambos personajes no solo incluye la simbología paterna, encarnada en este caso en Sergei; supone a la vez la estrecha unión entre la máquina y el objeto artístico. Estos elementos representativos aluden a los distintos tipos de valores que poseen los protagonistas, de acuerdo a un modo de vida particular; por esta razón, por ejemplo, Sergei le enseña lecciones importantes al rebelde Sasha.
La estética expuesta por Tarkovski en
este film ya muestra el claro interés del cineasta por transmitirnos una
realidad singular a través de imágenes ciertamente oníricas que traslucen
efectos de realidad, pero provenientes, al parecer, de la pura subjetividad,
sea del director o de los protagonistas. Los reflejos constantes
multiplicadores de imágenes, el juego de espejos, así como la relevante
presencia del elemento acuático para expresar vitalidad y esplendor, dotan al
film una riqueza estética que transporta al espectador al mundo posible de la
relación entre el niño y el obrero. Asimismo, no deja de llamar la atención los
movimientos de la cámara, sobre todo los encuadres aéreos que resaltan la
totalidad de la imagen captada, y las enormes máquinas que se presentan a lo largo
de la película; también los primeros planos a determinados objetos destacan la
materialidad de la máquina, sobre todo de la apisonadora.
Cabe
destacar dentro de la película una escena crucial donde se percibe una gran
bola demoledora destruyendo un edificio, hecho que despertará fascinación a un
amplio grupo de individuos, donde se incluye Sasha y Sergei. El interés del
niño revela la rápida asimilación de los artefactos modernos dentro del
imaginario infantil. En síntesis, la simbología de esta película puede
llevarnos a diversas interpretaciones, por la fuerte carga semántica de los
personajes. Se puede asociar a Sasha y su rol de violinista con la clase
burguesa, en oposición al proletariado representado en Sergei y la apisonadora;
sin embargo, lo más interesante radica en el modo cómo ambas fuerzas
interactúan para desarrollar transformaciones en la subjetividad del ser humano.
Esto solo es posible dentro de la estética singular que construye Tarkovski,
cuyo mayor reflejo está en la amplia significación de la máquina y del hombre.


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